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Salud mental

Vergüenza y adicción: la emoción que paraliza cuando más se necesita actuar

18 de octubre de 2026 5 min de lectura

Vergüenza y adicción: la emoción que paraliza cuando más se necesita actuar Salud mental · Ricardo Manzur ·Construyendo Ganas de Vivir

Cuando llevaba años consumiendo, lo que más me costó no fue reconocer que tenía un problema. Fue dejar de creer que yo era el problema.

Eso es vergüenza. Es distinta al arrepentimiento —el arrepentimiento apunta a algo que uno hizo y que podría haber sido diferente. La vergüenza va más al fondo: ya no dice que hiciste algo malo, sino que eres algo malo. Que estás dañado de origen. Y desde ahí no se cambia: se esconde.

Lo conversamos en el último episodio con Cristóbal Barraza —quien fundó este espacio— y con el psicólogo Bernardo Silva. Y hay una paradoja que no deja de sorprenderme: se supone que sentir vergüenza debería empujar a cambiar. Si alguien toma conciencia del daño que está haciendo, si siente el peso de todo lo que destruyó, la lógica dice que debería querer parar. Los datos dicen otra cosa.

Jessica Tracy y Daniel Randles, de la Universidad de Columbia Británica, siguieron durante meses a personas en recuperación del alcoholismo. Midieron no solo lo que declaraban sentir, sino también sus conductas físicas: el pecho hundido, los hombros caídos, la mirada al suelo. Los que más los mostraban al inicio del tratamiento eran quienes más volvían a beber. Y cuando recaían, bebían más que antes. El estudio se publicó en 2013 en Clinical Psychological Science, y su conclusión es difícil de ignorar: en la adicción, el pudor termina alimentando más de lo que frena.

De dónde viene ese peso

Brené Brown, investigadora de la Universidad de Houston, lleva décadas trabajando en esto. Su distinción más conocida es entre culpa y vergüenza: la culpa dice hice algo malo y apunta a una conducta; la vergüenza dice soy algo malo y apunta a quien eres. Lo que viví me lo confirma. El peor período no fue cuando me arrepentía de lo que hacía. Fue cuando dejé de arrepentirme porque asumí que así era yo.

En Chile, la adicción se sigue leyendo como un vicio —como algo que uno elige tener y podría elegir no tener. Ya escribimos acá por qué eso no es lo que dice la ciencia: la dependencia altera estructuralmente el cerebro, sus mecanismos de recompensa y de control de impulsos. Pero el estigma no cambia con papers. Funciona con lo que se dice en la mesa del comedor, con los comentarios del trabajo, con la manera en que el tema aparece en los noticiarios. Y cuando alguien lleva años escuchando que lo suyo es una falla de carácter, llega un momento en que le cree.

Encima de eso está el rastro de daño concreto que deja la dependencia: relaciones, empleos, proyectos, confianzas que no vuelven. Quien lleva tiempo en esto y mira hacia atrás ve todo eso. Sin un marco que le permita entender ese daño como consecuencia de una enfermedad —no como la prueba de que es irrecuperable— esa mirada aplasta. Y quien está aplastado no busca ayuda, busca alivio.

Eso sin contar el silencio de las familias. La vergüenza crece donde no hay palabras. Cuando una familia decide esconder el problema hacia afuera y negarlo adentro, el mensaje que le llega a quien consume —aunque nadie lo diga explícitamente— es que lo que tiene es tan grave que ni siquiera se puede mencionar. Eso no cuida, profundiza.

La espiral

Se consume, llega el alivio momentáneo, después viene el golpe emocional. Sin un entorno que lo sostenga, el arrepentimiento se convierte en vergüenza. La vergüenza activa el estrés. Y el cerebro que ya sabe dónde encontró alivio la última vez vuelve a buscarlo ahí. Marlatt y Gordon —dos investigadores que llevan décadas estudiando la recaída— documentaron que los estados emocionales negativos son el factor que más consistentemente anticipa la vuelta al consumo. El malestar que no encuentra salida busca el camino que ya conoce.

Avergonzar a alguien de su consumo retroalimenta todo eso, aunque la intención sea la contraria. Pasa en las familias, en los consultorios, en las intervenciones que se hacen con el mejor ánimo del mundo.

Comprender el mecanismo no es una manera de justificar el consumo —es la única forma de no agravarlo sin querer. También lo hablamos en otro artículo: por qué el cerebro defiende lo que más daño hace.

Si alguien cercano está en esto: la pregunta "¿cómo no te da vergüenza?" —aunque salga del agotamiento, aunque salga del amor— casi nunca lleva a donde uno quiere llegar. La investigación muestra que lo que predice la recuperación, más que el peso del pasado, es con quién cuenta alguien para mirarlo.


Ricardo Manzur

Construyendo Ganas de Vivir


Fuentes

Tracy, J. L. & Randles, D. (2013). Shame About Past Alcoholism Predicts Relapse and Declining Health in Recovering Alcoholics. Clinical Psychological Science, Association for Psychological Science.

Brown, B. (2010). The Gifts of Imperfection. Hazelden Publishing.

Marlatt, G. A. & Gordon, J. R. (1985). Relapse Prevention: Maintenance Strategies in the Treatment of Addictive Behaviors. Guilford Press.

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